6 de mayo de 2012

Su sangre corre por nuestras venas

Jn 15, 1-8 (5º Domingo de Pascua)

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Los cristianos somos un pueblo tocado por Dios. Desde el día de nuestro bautismo, la cepa de todo lo que somos, tenemos y hacemos, pertenece a Él. Muchas de las calamidades que nos rodean, de los acontecimientos lúgubres que se dan a nuestro alrededor (incluso dentro de la misma Iglesia) es porque a Dios lo hemos dejado fuera. Porque, en definitiva, lejos de ser Él –motor, fuerza y sangre de nuestras venas- lo hemos convertido en un invitado de tercera o, incluso, en un gran desconocido.

Después de un vendaval nos sorprende, y  nos entristece, los daños ocurridos en un árbol: sus ramas resquebrajadas, caídas y por lo tanto sin posibilidad de dar fruto. ¿Cómo es nuestra pertenencia a Dios? ¿Y a su Iglesia? ¿Estamos ensamblados con todas las consecuencias? Muchas de nuestras caídas (o tropiezos) vienen dadas por huracanes laicistas que intentan convencernos de que, el hombre sin Dios, es más libre y con más capacidad para ser feliz. Luego, los hechos, nos demuestran lo contrario: los dictados de una sociedad sin Dios nos llevan a un sin sentido, a una falta de horizontes, a una angustia vital.

Desde el día de nuestro Bautismo, y lo recordamos intensamente en la Vigilia Pascual, pasamos de la tiniebla a la luz, del pecado a la gracia. Por la fe estamos articulados de una forma espiritual a Cristo: reconocemos que Él es nuestro Señor, el Hijo de Dios. Al creer en Él, sentimos que por nuestras venas corre el mismo Dios. No somos entes aislados. No estamos huérfanos ni vamos por la vida como dioses o como reyes. Dios, al que pertenecemos como pueblo, nos irradia algo que necesitamos no olvidar y si cuidar o cultivar: la vida eterna. ¿Seremos capaces de permanecer unidos a Él hasta el último día en nuestra tierra?

Hoy, por diferentes causas, el hombre del siglo XXI pretende una emancipación de todo lo habido y por haber: no sirve ni interesa una moral determinada, se ensalza la conciencia individual en detrimento de la colectiva, se potencia el personalismo frente a lo comunitario, la independencia frente a la comunidad. ¿Y Dios? ¿Dónde queda Dios?

Dios sigue hablando y manifestándose de muchas formas y de otros tantos modos. Hay personas que, sintiéndose tocadas por Él, siguen dando los frutos que el Evangelio reclama: responder con prontitud y con generosidad a su inmenso amor.

A veces podemos pensar que, dar frutos, es hacer muchas cosas, construir, reunirnos cien veces y no llegar a ningún acuerdo, desplegar mil y una iniciativas en  pro de un mundo mejor (que por supuesto está bien)….y tal vez podemos llegar a olvidar que, la consecuencia más esencial e importante de nuestra unión con Dios, es precisamente responderle con nuestra adhesión, confianza, fe y seguridad de que Él camina a nuestro lado.

¿Cuántos frutos tengo que dar como cristiano? –preguntaba un discípulo a su maestro espiritual- Y, éste, le respondía: ¿Ya estás unido al Señor? Déjate llevar por Él y, toda tu persona y toda tu vida, será un constante fruto. Y es que el riesgo que tenemos es mirar tanto a lo qué hacemos que dejamos de lado a Aquel que es fuente y origen de todo nuestro quehacer apostólico.

 

 

UNIDO A TI, Y LUEGO VENDRÁ LO DEMÁS

 

Como sarmiento, fundido a Ti Señor

seré yema de perdón y de reconciliación

Ante un mundo penetrado por el rencor,

sabré que Tú me envías a ser instrumento de tu amor

Porque sin Tï, Señor, la vida es corta

y, los días de esa vida, son fruto que despuntan

pero, a la vuelta de la esquina, pronto se malogran.

Por ello, Señor, que primero este unido a Ti

Que no me preocupe tanto de lo que hago

ni, tampoco Señor, de aquello que no hago

Que, acercándose la noche, siempre me pregunte:

¿He estado unido a Ti, Señor?

Y, entonces, sólo entonces…el fruto amanecerá

en las ramas de mi vida

Y, entonces, sólo entonces…el fruto aparecerá

sabiendo que de Ti viene y en mi florece

UNIDO A TI, LUEGO VENDRÁ LO DEMÁS

Porque siento que, muchas veces Señor,

me detengo en mis propias fuerzas

considero que, todo lo que acontece,

se debe a mi esfuerzo y talento,

a mi sudor y empeño,

a mi inteligencia, creatividad e impulsos.

Porque siento que, muchas veces Señor,

soy amo de mi propia hacienda

cuando, en realidad, es toda tuya.

UNIDO A TI, LUEGO VENDRÁ LO DEMÁS

Que no me preocupe tanto, Señor,

de si trabajo mucho, poco o demasiado

De si, mis desvelos, son fecundados  por los éxitos

De si, mis siembras, dan lugar a innumerables cosechas

De si, mis palabras, mueven conciencias o corazones

Que, ante todo y sobre todo, esté unido a Ti

Y, entonces, sólo entonces

amanecerá el fruto en la rama de mi generosidad

aparecerá el fruto en el sarmiento de mi pobre vida

brotará el fruto en el tronco de mi fe sin fisuras

explotara el fruto en el vástago de mi esperanza

Si, Señor, unido a Ti…y luego vendrá lo demás

porque, Tú Señor, eres artífice, savia,

empuje, vida y sangre que corre por mis venas.

Amén


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